viernes, 24 de septiembre de 2010

Don Punset (microrrelato de ficción)

                                  Nada hacía presagiar el rumbo que iban a tomar los acontecimientos ; la fundación “Inteligencia Emocional S.L.” había organizado un gran encuentro en la sala Unesco del Palacio de Congresos de Madrid con el sugerente título “Cambiar el cerebro para cambiar el mundo”. “¿Hacia dónde ha de evolucionar nuestro sistema educativo para formar a ciudadanos capaces de afrontar los retos de este siglo? Tanto la ciencia como la tradición contemplativa budista tienen mucho que decir al respecto. ¿Por qué no unirlas para que se enriquezcan mutuamente y aporten soluciones?“, eran algunos de los interrogantes planteados para el debate. Dos grandes fotografías presidían la entrada; en la de la izquierda, una imagen del popular divulgador científico Don Punset, con sus manos entrecruzadas, en actitud serena, compasiva y dialogante, proponía la siguiente reflexión: “¿Por qué somos lo que somos y no lo que no somos?”. A la derecha, un cartel reproducía un gigantesco cerebro humano bajo el título Anatomy of the Brain y en su interior, un monje tibetano sonreía tumbado en una camilla con la cabeza llena de electrodos. Se trataba de reunir a relevantes personajes del mundo científico y educativo y confrontarlos con practicantes de la meditación budista. La idea original era debatir sobre la confluencia entre la neurociencia y las prácticas contemplativas y su aterrizaje en el campo de la educación. Don Punset estaba seguro de que tradiciones milenarias como el budismo podían aportar su know how en el estudio de la mente, a través de técnicas de meditación e introspección desarrolladas durante siglos, además de una amplia batería de conceptos para describir un sinfín de emociones y estados mentales. Don Punset había contactado con su amigo Tendzin Gyatso, XIV Dalai Lama, jefe espiritual del budismo tibetano y considerado por sus seguidores como la reencarnación del bodhisattva Avalokitesvara. Estuvo a un paso de conseguir el compromiso de su asistencia. Sin embargo, y pese a la insistencia, su editor de cabecera desaconsejó la presencia del Dalai Lama en Madrid, argumentando “la escasa implantación del budismo en nuestro país y la ausencia de líderes mediáticos identificados con el mismo”. Tras unos días de reflexión, Don Punset, que no quería renunciar a la presencia de representantes contemplativos, sopesó la oportunidad de convocar al Abad de Montserrat para suplir la ausencia de Tendzyn Gyatsco. “La soledad posibilita el encuentro con uno mismo a la luz de la palabra de Dios; así se va progresando hacia la autoaceptación, la paz y la unificación interior”, le había confesado el Abad mientras degustaban unas copitas de licor “Aromes de Montserrat”. Don Punset creyó atisbar en estas palabras un puente de confluencia entre la oración cristiana y la meditación budista y no dudó en proponer al Pare Abat como participante en el gran encuentro. De nuevo su editor de cabecera arrojó otro jarro de agua fría sobre sus expectativas, desaconsejando su presencia “en base al bajo perfil del personaje”, según afirmó rotundo, dando por zanjado el asunto. Don Punset, lejos de desfallecer ante la adversidad, dedicó con renovados bríos sus esfuerzos a la búsqueda de participantes destacados en los campos científico y educativo. Al cabo de varios días de frenéticas consultas, tras cuadrar agendas repletas de citas y compromisos imposibles, consiguió reunir un elenco de primeras figuras que contribuiría a dar brillo y categoría al encuentro. El primero de sus invitados sería el conocido neuropsicólogo valenciano Ricard Davidsoc, experto en la relación entre cerebro y emociones y un pionero en el desarrollo de técnicas para medir la actividad cerebral. Davidsoc había viajado en 1992 hasta el Tíbet para estudiar la mente de los monjes budistas. Llegó al Himalaya con un generador portátil de electricidad, un vetusto ordenador y un electroencefalógrafo para analizar las neuronas de estos hombres en plena meditación. Desde entonces se ha hecho habitual ver en su laboratorio un desfile de monjes vistiendo túnicas púrpura o azafrán que meditan sin inmutarse con más de 250 electrodos adheridos a su cabeza o pasan dos a tres horas dentro de aparatos de resonancia magnética funcional que espían su cerebro. Para los budistas, la meditación permite entrenar la mente y alcanzar estados de plenitud, anular emociones negativas y cultivar estados emocionales positivos, como la compasión. No poca sorpresa iba a causar la presencia en los debates del conocido Psicólogo Daniel Giliman, cofundador de la Sociedad para el Aprendizaje Académico, Social y Emocional en el Centro de Estudios Infantiles de la Universidad de A Coruña (posteriormente en la Universidad de Pontevedra, en Galicia, donde es Jefe del Servicio de Emoción Intelectual), cuya misión es ayudar a las escuelas a introducir cursos de educación emocional. Es autor del best seller “Las emociones intelectuales”, traducido a más de treinta idiomas y cuyas ventas han alcanzado cifras millonarias. “¿Por qué algunas personas parecen dotadas de un don especial que les permite vivir bien, aunque no sean las que más se destacan por su inteligencia? ¿Por qué no siempre el alumno más inteligente termina siendo el más exitoso? ¿Por qué unos son más capaces que otros para enfrentar contratiempos, superar obstáculos y ver las dificultades bajo una óptica distinta?” se pregunta Giliman. El libro demuestra cómo la inteligencia emocional puede ser fomentada y fortalecida en todos nosotros, y cómo la falta de la misma puede influir en el intelecto o arruinar una carrera. En un lenguaje claro y accesible, Giliman presenta una teoría revolucionaria que hace tambalear los conceptos clásicos de la psicología, que dan prioridad al intelecto. La invitada estelar de Don Punset iba a ser, no obstante, la prestigiosa psicopedagoga Gumersinda Dale-Jamón, gurú en otro tiempo de la gran reforma educativa española de los 90, ex asesora del principal impulsor y valedor de la misma, Álvaro Marchesi y en la actualidad catedrática de Psicopedagogía de la Facultad de Ciencias de la Educación de La Rioja (España). “Está claro que si te limitas a impartir conocimientos no conseguirás nada. Tienes que aprender a observar a los niños con mucha atención, fijarte en cómo piensan, entrevistarlos, hablar con ellos sobre su manera de razonar” La profesora Dale-Jamón imparte seminarios a profesores de todo el estado español. Su método para que niños y adolescentes aprendan técnicas de respiración y relajación y sepan administrar la ira o la frustración está implantado en más de un centenar de escuelas públicas de España y otras tantas de Andorra. Un estudio de la Universidad de Calahorra constatando que “una hora semanal de aprendizaje de este método disminuye un 23% la conflictividad en el aula y mejora el rendimiento académico un 11%” resulta un buen aval para que el ministro Gabilondo se haya comprometido a debatir en el Congreso su generalización en el sistema educativo. Rodeado de estas grandes personalidades, a las siete en punto de la tarde, en medio de una gran expectación, ante un enjambre de micrófonos, cámaras de TV y periodistas acreditados, Don Punset abrió el debate: -Gumersinda, vivimos en una sociedad más compleja y, por lo tanto, también las aulas son más complejas. Pero a mí me parece que tu gran contribución es afirmar que tenemos que cambiar la formación de los profesores. ¿Cómo podríamos hacerlo? Dale-Jamón fue desgranando sus conclusiones ante un auditorio entregado, recordó que “los buenos profesores no analizan el contenido y se lo imponen al niño, sino que, al contrario, analizan al niño y lo atraen hacia el contenido para así ayudarlo” y continuó afirmando con vigor que “la educación debe construir un mundo compasivo y considerado. El trabajo en la clase, en la escuela, debe revertir en el individuo y de él en la sociedad”. Don Punset, que con el paso del tiempo veía aumentar su sabiduría a la vez que menguar su concentración, dejó explayarse a Gumersinda y fijó su atención en un portafolios que reposaba sobre la mesa. Lo abrió y extrajo el contrato que la cadena privada de televisión Tele 5 le había ofrecido para trasladar su programa “Redes” desde TVE 2 hasta la cadena amiga, mediante la fórmula de tertulia televisiva, dentro del programa “La Noria”. “Tele 5 aviva la guerra entre cadenas robando a la 2 a Don Punset con un supercontrato”, había publicado la prensa nacional. Las negociaciones, entabladas por su editor de cabecera, habían llegado a buen puerto tras largas deliberaciones a pesar de que pudieron fracasar cuando un directivo de la cadena tuvo la ocurrencia de proponer como contertulios a Pipi Estrada y a Yola Berrocal. “ Inteligencia Emocional Berrocal, como cabecera del programa -sostuvo -, crearía una especie de oxímoron de singular belleza poética y estoy seguro –añadió– de que sería una sugestiva manera de encadenar al televisor a una gran audiencia”. El editor de cabecera de Don Punset hizo caso omiso de esta boutade y continuó la negociación con representantes serios de la cadena, hasta alcanzar un acuerdo respecto a los contertulios del futuro programa. Los nombres de Ramoncín y de Pilar Rahola darían a la tertulia un tono menos mundano y ligeramente intelectual. Aunque Don Punset receló en un primer momento acerca de las repercusiones que sobre su imagen pública podría acarrear esta elección, vista las cifras mareantes del contrato, resolvió que la divulgación científica bien merecía algún sacrificio personal. Mientras tanto, Gumersinda Dale-Jamón había propiciado un largo y fructífero diálogo con los demás participantes y concluía diciendo que “Cambiar la formación de los profesores… es la gran reforma pendiente”, cuando un grupo de sujetos, identificados posteriormente como Nacho C., Antonio S. y Pablo L.G. interrumpieron su disertación protestando airadamente “por la intrusión de tantos impostores en el mundo de la enseñanza”, según manifestaron. Don Punset regresó de pronto de sus divagaciones y quedó estupefacto ante el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Dale- Jamón, Davidsoc y Giliman defendían de forma considerada y compasiva la pertinencia de sus posiciones, mientras eran increpados y desautorizados por los activistas organizados que utilizaban cada intervención para apoyarse mutuamente y acorralar a los ponentes. Y fue un pequeño e intrascendente equívoco el que desencadenó los sucesos que fueron recogidos por todos los medios presentes y publicados al día siguiente. Se había referido el tal Antonio S., con el fin de apoyar su trasnochada defensa de la transmisión de conocimientos, al aoristo griego, cuando Don Punset tuvo un momento de vacilación y consultó al oído de su editor de cabecera: -Escolta’m, Joan. Això de l’Evaristo Griego es refereix a un cognom o a una nacionalitat? El editor de cabecera quiso pasar por alto la consulta del divulgador científico, pero una severa mirada de éste lo persuadió. Conectó su iPad y fue trasladando sus descubrimientos al oído del sabio: “San Evaristo era griego…; Evaristo, en griego, significa El Excelente…; Evaristo Carriego, poeta argentino fallecido en 1912…; Petros Márkaris, escritor griego, pero que tuvo la ocurrencia de nacer en Estambul… y, por último, Evaristo Jiménez, seudónimo de Eduardo Mariño, representante de la poesía venezolana y una de las voces firmes en las que la armonía, el caos y las memorias estructuran la imagen a través de un demiurgo”. Esto último terminó de desorientar a Don Punset, comenzó a provocarle una dolorosa jaqueca y lo sumió en una gran desazón. Conocía los síntomas. Estos estados emocionales provocaban en él una fuerte ansiedad; ésta lo conducía a la depresión y de allí a las fatídicas hemorroides, sólo había un paso. Notó cómo su sistema límbico se hacía cargo de la situación y cómo el hipocampo y la amígdala conectaban con la corteza cerebral, la materia blanca y el tronco encefálico. Trató de calmar su mente mediante la meditación Samatha, pero era demasiado tarde. Hubiera querido controlar de otro modo el trastorno sin tener que recurrir al prosaico Hemoal, pero no pudo conseguirlo. Entretanto, los agitadores proseguían con sus exabruptos. Ni siquiera el angustioso estado de Don Punset conseguía sacar a esa caterva de su propensión a la ordinariez y al mal gusto. Por fin, a un gesto del editor de cabecera, los miembros de la seguridad se aprestaron a reducir a los tres individuos y, pese al inútil forcejeo para tratar de zafarse de los vigilantes, fueron trasladados al exterior del Palacio de Congresos y puestos a disposición judicial. Don Punset fue trasladado en una camilla hasta la ambulancia. El público, puesto en pie, despidió al sabio con una gran ovación y éste saludó agitando un brazo, sin abandonar en ningún momento su beatífica expresión. El editor de cabecera tomó buena nota de lo sucedido. La próxima vez sería más cuidadoso en la organización del evento.